Hay una paradoja que ayuda a comprender por qué no es tan sencillo buscar luciérnagas hembras.
Lo primero que hay que tomar en consideración es su peculiar ciclo de vida [hiperenlace a Historia natural]. Durante la mayor parte de su existencia, las luciérnagas son larvas que o bien deambulan buscando alguna presa, o bien descansan o invernan bajo la hojarasca o alguna piedra. Suelen mostrar hábitos crepusculares o nocturnos (aunque las larvas de Nyctophila reichii también se ven con cierta frecuencia durante el día) y, alguna noche que otra (a menudo bajo condiciones de alta humedad o después de un aguacero) emiten luz con breves pulsos interrumpidos por intervalos de más de 30 segundos [enlace a por qué emiten luz las larvas].
Durante su segundo año de vida, hacia el mes de abrol o mayo, entran en estado de pupación y al cabo de varias semanas emergen de forma escalonada los adultos. La aparición de unos y otros suele no es sincrónica. Algunas hembras aparecen unos días antes que los machos y algunas otras emergen unos días después que los últimos machos. Y esta falta de sintonía es la principal causa de que nosotros podamos ver luciérnagas hembras brillantes. Porque las hembras adelantadas y las atrasadas se preparan para encandilar a sus potenciales romeos subiéndose a una ramita o encaramándose a una pared. Tuercen la aprte final del abdomen, de modo que el interior quede más visible, y activan la lamparilla. Y a esperar.
Imaginaos lo larga que le puede resultar la espera a aquellas hembras que han salido del estado de pupa cuando no queda ningún macho en kilómetros a la redonda. Tan larga como que noche tras noche, a veces durante más de una semana, la hembra persevera en su actitud de cortejo. Estas desafortunadas solteronas son, sin embargo, la fuente de nuestro regocijo porque son las que consiguen que abuelos nietos se congreguen ante ellas, gozosos por tener una luciérnaga en el jardín.
¿Cuál es la paradoja? Pues que durante el periodo de máxima actividad de las luciérnagas adultas, cuando hay mayor número enfrascados en sus tareas de jugar a pillar pero al revés, porque el truco consiste en no esconderse, justamente en ese tiempo nos puede resultar casi imposible encontrarlas. De hecho, podemos estar conviviendo con una población muy numerosa de luciérnagas y ni enterarnos. Poque llegado el momento del crepúsculo, nada más emerger de la pupa, basta con activar la lucecita para que algún macho (o más de uno) se sienta atraído. Y llegado el caso, se apaga el candil porque ya ha cumplido su función.
Es más: se piensa que como las larvas tienden a pupar en grupo, ni siquiera hará falta activar la luz en algunas ocasiones, porque ya se apañan unos con otras….
Esto es relativamente sencillo de demostrar. En plena temporada de luciérnagas (junio y julio para las luciérnagas Lampyris y Nyctophila), en una noche pueden capturarse mediante trampeo decenas de machos sin ser capaz de localizar ninguna hembra.
De manera que, al menos en nuestras latitudes, y por la experiencia con la que contamos estudiando las luciérnagas mediterránea e ibérica, nuestros encuentros con hembras de luciérnagas serán con mucha frecuencia extemporáneos, en tanto en cuanto serán hembras que emergieron al final de la temporada.
Este comportamiento hace prácticamente imposible llevar a cabo estudios de abundancia y densidad de gusanos de luz basados en la contabilización de hembras. Para hacerlos, es preciso echar mano de los machos. Resulta, sin embargo, intrigante que en otros lugares como en Inglaterra se puedan llevar a cabo estudios y censos basados en la localización de hembras de Lampyris noctiluca.
http://www.eakringbirds.com/eakringbirds6/glowwormssummary2014.htm
Los problemas no acaban con este comportamiento singular. La valoración de los efectivos de una población a partir del conteo de machos resulta complicada puesto que el número de ejemplares varía año a año, con algunas explosiones de población puntuales y otros años en los que su presencia es mucho menor.
Pero no nos desesperancemos: ¡recordemos que estamos ante luciérnagas, no gamusinos!
Es cierto que hay que reconocer que la forma más usual de localizar una luciérnaga será un encuentro azaroso: salir a pasear una noche de final de primavera o de verano y descubrirlas brillando.
Ahora bien: podemos salir «a cosa hecha». Recorrer un sendero junto a un río en una noche fresca (posiblemente sea mejor después de un día de lluvia), o en la huerta de casa o del pueblo. Mejor, evidentemente, donde sepamos o nos hayan dicho que hay luciérnagas (o que había cuando éramos pequeños, o cuando nuestros padres vivían en el pueblos… es probable que hayan seguido estando ahí durante los años en que nos hemos dedicado a crecer, esperando a que volviésemos a hacer las cosas que hacíamos cuando críos, como salir de noche a pasear, a jugar o a ver las estrellas).
Eso sí: encendiendo poco la linterna, sólo lo preciso para caminar con seguridad. Al principio es posible que nos cueste…¡hasta que nos avituemos a la luz de la noche!